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La princesa Segura

Había una vez, en un país lejano, una princesa de carácter difícil, que nunca estaba satisfecha con la decoración interior de su castillo. Todos los días le ponía peros a algo.

      Una bella mañana de verano, decidió iniciar una demolición y la reconstrucción de todo el interior de su palacio.

      Llamó a un carpintero famoso, reconocido como el mejor artesano de toda la región. El carpintero examinó minuciosamente el trabajo que se le solicitaba y se dio rápidamente a la tarea.

      Desde los primeros días de trabajo, cada diez minutos, cada media hora, cada hora, cada medio día, constantemente, la princesa llegaba a interrumpirlo para criticar el trabajo realizado. Pronto, el carpintero comenzó a cansarse.

      Un mediodía, cuando la princesa llegó a hacer su ronda de inspección habitual, se encontró con la sorpresa de que su carpintero había desaparecido como por arte de magia y había dejado la obra abandonada. ¡Qué desgracia!

      Presa de pánico y de ira al sentir herido su orgullo, entró como una tromba a la casa del mago del reino. Fuera de sí, la princesa lo puso al tanto de los hechos.

-¡Esta situación no puede durar! -exclamó-. ¡El castillo debe ser renovado ahora!

      En los labios del mago de viva mirada se dibujó una sonrisa burlona porque desde hacía mucho tiempo se había dado cuenta de la necesidad de que esta joven princesa cambiara su conducta y su visión de las cosas.

      Buscó en su cofre de tesoros y sacó un espejo mágico. Se lo dio a la princesa y la obligó a mirarse cada diez minutos, cada media hora, cada medio día, etc Tenía que contemplarse, descubrir las riquezas y las bellas cosas que aparecían en el espejo cada instante. El ejercicio debía durar tres días. Le prometió que después podría ponerse en contacto con el carpintero y que el trabajo se haría de una manera mucho más eficaz.

      Más tarde, la princesa confesó que esos tres días fueron los más difíciles de toda su vida, pero le sirvieron para comprender muchas cosas